Hablar de política en Colombia nunca ha sido un tema sencillo, pero ahora navegar en el fango de las discusiones sobre esto y acerca de la actualidad se ha hecho más complicado.
Esto, debido a que, como se evidenció desde hace más de un mes en la segunda vuelta presidencial, el país permanece dividido —y quiero decir que no es un invento mío, una alucinación o algo similar—, puesto que responde a una realidad que se mostró en los comicios más apretados de la historia reciente.
De La Espriella ganó por menos del 1% de los votos sobre el candidato del continuismo, Iván Cepeda, a quien, también hay que decirlo, le faltó gasolina en la campaña.
Siendo así, el país, el terreno político y social quedó entonces trastocado por esa palabra que no es ajena y que, de hecho, conocemos muy bien: la polarización, que puede experimentarse en muchos espacios de la vida cotidiana.
Realmente la palabra en sí no tiene una connotación negativa per se, pero viendo décadas de historia y discursos violentos que algunos candidatos, incluyendo al propio presidente electo, han usado, sí es apenas lógico tener un nivel de predisposición.
En diferentes países del mundo la desinformación, las campañas de desprestigio y el uso de la inteligencia artificial ya habían tenido serios efectos en las democracias, más concretamente en las elecciones, y esta vez Colombia no podía escapar de ellos.
Hace poco quedó además constatado en un estudio de Our World in Data sobre polarización que Colombia se ubicó en la posición 28 a nivel global; según esta medición, en los últimos 2 años se perdió 1,21 puntos porcentuales, pasando de 0,68 en 2023 a 1,89 en 2025 (Our World in Data, 2025).
Aquí varios temas se volvieron una cruzada sin fin, alimentada por los estereotipos ligados a lo que se supone es la izquierda, o la derecha, me tomo la licencia para omitir el llamado centro porque, a diferencia de Claudia López, considero que el papel de quienes se catalogan bajo este rótulo fue realmente pobre.
Aquí varios temas se volvieron una cruzada sin fin, alimentada por los estereotipos ligados a lo que se supone es la izquierda o la derecha.
Retomando, y para que la idea quede un poco más clara, vamos a usar algunos ejemplos con posturas e ideas ligadas a estas que se hicieron frecuentes:
¿Está en contra del genocidio en Gaza? -Comunista.
¿Critica a los gobiernos de Trump, Milei, Bukele, o Noboa? -Guerrillero.
¿Cree que la seguridad en Colombia debe mejorar? -Paramilitar.
¿Desaprueba algunas políticas del presidente saliente, Gustavo Petro? -Ultraderechista.
¿Cree en la justicia social y en la redistribución de la riqueza? -Marxista.
Y, así por el estilo, fueron miles los comentarios, señalamientos y ataques que se vieron de forma previa a la primera y segunda vuelta y que todavía a la fecha persisten.
Todo alimentado en un porcentaje importante por las narrativas e imaginarios colectivos que en muchas ocasiones distan de la realidad y dejan como efecto a una ciudadanía incapaz de hablar con quienes no piensan como ellos, atrincherados en la violencia verbal, en una caja de resonancia donde solo hay cabida para quienes tienen posturas similares.
Con los sentimientos a flor de piel, acompañado de la violencia verbal que ya es hartamente conocida, surgieron entonces los insultos, las amenazas, los señalamientos que ponen muy por debajo el nivel de debate deseado.
Con los sentimientos a flor de piel, acompañado de la violencia verbal que ya es hartamente conocida surgieron entonces los insultos, las amenazas, los señalamientos que ponen muy por debajo el nivel de debate deseado.
Este factor me parece de lejos muy preocupante porque en una democracia se debe tener la capacidad mínima para escuchar diferentes puntos de vista, sin caer en los ataques que se vieron tanto en época electoral, hablar con el o la otra, un acto básico y tan humano, no puede simplemente suprimirse por una postura política.
Discutir sobre el modelo de nación que se desea, sobre el balance que se hace de un mandatario saliente, o decir en diversos espacios que se tiene más afinidad con algún candidato presidencial no puede ser un tabú, ni mucho menos generar miedo.
La invitación entonces es clara: no sentarse en la palabra, no partir de que se va con una argumentación hasta el final y se defiende solo con el propósito de tener la razón a toda costa, al contrario, abrirse a espacios ideológicos diferentes, conocer nuevas posturas con enfoque crítico y salir aunque sea un poco de ese sesgo de confirmación tan característico en nosotros, se vuelve fundamental.
La conversación en torno al gobierno entrante de De La Espriella apenas empieza y quiero ser optimista al pensar que sus seguidores y adeptos tratarán de desescalar la violencia verbal que se ha usado desde ya, sin ni siquiera llegar a la posesión, contra voces disidentes, personas afines al Pacto Histórico, al proyecto de Petro, o contra medios que han hecho el periodismo que se necesita, que no es otro diferente al que investiga y ejerce control sobre el poder.
Pero debo decir que lo espero mayoritariamente del nuevo presidente y de las personas de su círculo cercano, porque un lenguaje como el que ha usado hasta ahora raras veces se queda en simples enunciados y lo sabemos.
Cabe aclarar que resulta imposible hablar con quien pretende restarle importancia a lo que los demás dicen, o con quien se sitúa en una superioridad falaz o de simplemente "destripar" intelectualmente al otro.
Mientras que por parte de Petro el pedido también es a desescalar el tono, pues es difícil entablar una conversación cuando ni siquiera se tiene el interés o el tacto de hablar con quien piensa distinto.
Desde la provincia la invitación es la misma: a activar la conversación ciudadana, a alejarse del odio irracional por lo que nos es ajeno, y a construir en lo común que es más que lo que nos distancia.
La invitación es la misma: a activar la conversación ciudadana, a alejarse del odio irracional por lo que nos es ajeno, y a construir en lo común que es más que lo que nos distancia.
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