No, la idiosincrasia de este país no puede ser la dirigida por los ductos de la ignorancia pútrida y los fanatismos irrisorios, que cargan en sus discursos ideas retrógradas, bochornosas y fantasiosas de una sociedad ni siquiera antigua; una sociedad en la que la ciencia y el dato veraz, aun estando a disposición, son ignorados.
Seguir edificando sobre lo construido. Darle continuismo a lo provechoso para un bien que es colectivo y responsable, incluso con los mandamientos del orden normativo, sería la opción sensata ante cualquier escenario, y más ante uno radicalmente diferente, que claramente sería un manifiesto antiderechos, precarizante, intimidante y desamparador para la vulnerabilidad de una parte de la sociedad que ha sido ultrajada, violentada y silenciada por la diversidad de las vías que han encontrado los verdugos enemigos de los valores de una sociedad justa, equitativa y pacífica.
Este es el clamor de un ciudadano preocupado y doliente de su país, que desde una visión siempre crítica y coherente hace responsables de este resultado electoral a los abanderados de la ejecución de este proyecto progresista, que participaron o callaron ingenuamente sobre los desafortunados errores que pasaré a reconocer en este mismo escrito.
La ausencia del tecnicismo y la meritocracia fueron una contradicción de esta administración, que fue elegida por jóvenes estudiantes con ansias de un país a la altura del mandato del constituyente primario y ordenador de una Constitución garantista y progresista en materia de derechos. Estudiantes, profesores y jóvenes que buscaron un acceso a lo que no debería ser un privilegio en ninguna sociedad moderna: acceso a un trabajo con condiciones dignas y una educación de calidad y gratuita, para cerrar la brecha de lo que nos ha cobrado tanto como sociedad: la desigualdad.
La corrupción y el clientelismo, materias de la política tradicional, fueron actos impresentables. Nunca fue buena idea aliarse con aquellos que percibieron al otro como un enemigo, pues implicaba convertirse en esclavo de un apoyo manchado; un acuerdo que ofende la memoria de todos aquellos que clamaban por pluralidad, educación y legitimidad ideológica, y que, meramente por esto, fueron convertidos en un objetivo militar que cobró vidas humanas, dejó familias desamparadas y derivó en una sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos que reconoció responsabilidades, incluso estatales.
La permisividad que merodeó con la complicidad e incluso con la colaboración del objeto ilícito que desarrollan estos criminales, bajo una evasiva burda que buscó una falsa e irrisoria voluntad de paz en los grupos armados, que traicionaron sus cimientos fundacionales y a los próceres de su fundación cuando decidieron empuñar el fuego para quemar a su propio pueblo, inundando otros más del químico propio del negocio del narcotráfico.
Ahora, el camino es seguir del lado de la institucionalidad, la preparación, la defensa de la academia y la apropiación efervescente de las causas que ya se ha dicho que están amenazadas. Se debe seguir con entereza, porque en un país como este aún hay mucho por hacer.
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