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La necesidad de incomodarse

Nota editorial. Esta columna fue escrita durante la coyuntura de segunda vuelta presidencial. La Provincia, como firma de consultoría política, mantiene relaciones técnicas con candidaturas de distintos sectores y no respalda institucionalmente ninguna opción electoral. El análisis aquí expuesto es responsabilidad exclusiva del autor.

Las campañas políticas siempre son caóticas. Las emociones se desbordan y el electorado baila al ritmo de un sensacionalismo puro. La venta del candidato termina pareciéndose más a una promoción 2x1 de Coca-Cola que a la exposición de una verdadera vocación de gobierno. Lo que es peor: pasamos de elegir a quien nos da esperanza, a votar por quien canaliza nuestro enojo. Y esto no es un intento de vender una utopía de positivismo tóxico, sino una advertencia sobre el enorme peligro que supone convertir la ira en un vehículo de gobernanza.

Pasamos de elegir a quien nos da esperanza, a votar por quien canaliza nuestro enojo. Y esto no es un intento de vender una utopía de positivismo tóxico, sino una advertencia sobre el enorme peligro que supone convertir la ira en un vehículo de gobernanza.

En estas líneas quiero hablarles de la necesidad de incomodarse. De cuestionar, más allá de la cotidianidad, el verdadero motivo detrás de nuestro voto y, sobre todo, las aspiraciones profundas que revelamos en cada ejercicio democrático.

Podemos coincidir en que el actual escenario electoral no es el deseado. Es válido. Las candidaturas minoritarias fueron aplastadas por el pragmatismo del "voto útil" y por la radicalización ciudadana en torno a propuestas incapaces de concebir la realidad del país con flexibilidad.

Sin embargo, la realidad es ineludible: nos enfrentamos a una segunda vuelta donde abstenerse de tomar una decisión se percibe menos como un ejercicio de libertad de conciencia y más como un acto de indolencia generalizada. No se trata de una obligación impuesta —nuestra Constitución respeta el libre albedrío—, pero las condiciones exigen encender las alarmas. La coyuntura que nos espera nos obliga a asumir la incómoda responsabilidad política de entender cómo funciona verdaderamente nuestro país.

Para nadie es un secreto mi ideario; tampoco me interesa ocultarlo. Pero sí quiero que me lean para que nos incomodemos juntos frente al país que podría quedar en manos del rimbombante abogado que ganó esta primera justa electoral. Incomodémonos, antes que nada, pensando en el valor supremo de la vida.

En pleno siglo XXI, es natural asumir que el Estado tiene la obligación innata de defender la existencia humana en toda la diversidad que el mundo ofrece. Pero pongamos el freno de mano un segundo y preguntémonos: ¿puede ser la vida una prioridad cuando el poder se esfuerza en crear ciudadanos de primera y de segunda categoría?

La respuesta es no. Ayer triunfó un sector político que está íntimamente convencido de que su contraparte no debería existir. Un 44.4% que considera la promoción de los derechos humanos como un acto de subversión, y la protección ambiental como un capricho setentero que frena el desarrollo. Creen firmemente que cualquier vida que no encaje en su trinidad de "patria, familia y fe" es un desperdicio indigno de protección pública. Ayer ganó la homogeneidad y la vocación de imposición. La libertad de compra se impuso sobre el derecho a existir.

Incomodémonos al reflexionar si es justo abstenerse —o votar en blanco— cuando un individuo que se ufana de despreciar la vida animal, disfrutando cruelmente al verla explotar en pedazos, pretende comandar las Fuerzas Armadas y ejercer el monopolio de la fuerza. Hablamos de alguien que encuentra en la crueldad la virtud necesaria para erradicar al oponente.

Incomodémonos al escuchar a un candidato afirmar en plena entrevista que su meta es "destripar a la izquierda". La misma izquierda que ya ha sido destripada en genocidios dolorosamente reconocidos como el de la Unión Patriótica; la misma historia que vio la aniquilación progresiva de la ANAPO durante el Frente Nacional y la proscripción del Partido Comunista. Lo que propone este tinterillo de los dandis no es otra cosa que el regreso sistemático a la persecución. Una persecución deliberadamente avalada por el poder tras bambalinas, que se sirve del silencio cómplice para aniquilar al que resulta incómodo.

Incomodémonos al darnos cuenta de que, mientras leguleyadas como constituyentes sin propósito mueren por su propia inercia, la postura enfermiza y sanguinaria de quien justifica la violencia sigue intacta. Quien escupe un rosario de desprecios contra la nación que pretende gobernar, goza del insubsanable defecto de que todas sus amenazas resultan letales para nuestra existencia.

Para debatir constituyentes y reformas ya tenemos tribunales y congresos. Para proteger la vida, en cambio, solo nos queda sobrevivir con la esperanza de que la cordura le gane la batalla a la barbarie. Una barbarie que, para desgracia de todos, no se mide en cheques de dólares, sino en litros de sangre. Lo institucional siempre se negocia, se acuerda, se renuncia y se concede; finalmente, la disputa de hoy supera lo institucional y traspasa a lo ontológico.

Para debatir constituyentes y reformas ya tenemos tribunales y congresos. Para proteger la vida, en cambio, solo nos queda sobrevivir con la esperanza de que la cordura le gane la batalla a la barbarie.

Incomodémonos al recordar que la guerra y la violencia siempre las terminan pagando los pobres, los descamisados. Aquellos llamados a "dar la vida por la patria", a pesar de nunca haber deseado el conflicto, son arrojados al campo como carne de cañón mientras otros se vanaglorian con cifras, datos y percepciones manipuladas por un marketing costoso y frases vacías.

Para finalizar, los invito a una reflexión profunda, desprovista de acusaciones fáciles. En el país en el que despertamos hoy, no tenemos el lujo de aguardar pacientemente por las buenas voluntades o las formalidades. Nos esperan tres semanas en las que debemos contemplar el costo que estamos dispuestos a pagar, y el sacrificio que asumiremos, para garantizar la convivencia pacífica entre los dos lados de una brecha que no para de crecer.

Nos esperan tres semanas en las que debemos contemplar el costo que estamos dispuestos a pagar, y el sacrificio que asumiremos, para garantizar la convivencia pacífica entre los dos lados de una brecha que no para de crecer.

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