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Hasta que Medellín tenga Alcalde…

La Ciudad de Medellín y su Área Metropolitana han pasado por al menos tres periodos de alcaldes profundamente ajenos a los diferentes problemas estructurales que existen en la ciudad. Entre la coyuntura local y el inminente deseo de participar de la política nacional, paulatinamente han abandonado su papel de grandes ejecutores y burgomaestres, ese papel directivo que se consagró desde la Alcaldía de Sergio Gabriel Naranjo a los finales de la década de los años 90, y que se evolucionó con la gestión social colaborativa iniciada por Sergio Fajardo, que continuaría con las Alcaldías de Aníbal Gaviria y Alonso Salazar, se puede dar por perdido en medio de las disputas politiqueras y burocráticas que se visualizan desde las gestiones actuales.

Es evidente que Medellín ha dejado de ser una prioridad para sí misma, cada vez se ve más tentada a satisfacer las necesidades foráneas y plegarse a lo que se mal entiende como inversión directa cuando no es más que la cesión progresiva del espacio público a quienes no entienden ni valoran la esencia de la cultura paisa, prefiriendo glorificar la violencia y la narcocultura al punto de ponerla como eje del capital simbólico y patrimonial de la ciudad.

Es evidente que Medellín ha dejado de ser una prioridad para sí misma, cada vez se ve más tentada a satisfacer las necesidades foráneas.

Durante años se ha intentado vender la idea desde la administración de que la situación corresponde a una mala práctica de comerciantes y de consumidores, campo en el que la alcaldía como institución aparentemente no podría hacer nada. Sin embargo, es evidente que ese silencio cómplice ha permitido que la enternecida imagen de Escobar, entre otros criminales, determine el incremento de ventas en los souvenirs de la Comuna 13.

Pero esto es solo el primero de muchos ejemplos. Lo que fue en algún momento la capital de la reconstrucción del tejido social tras la vivencia de una de las fases más crudas del conflicto armado interno colombiano, hoy por hoy, de la mano de sus honorables cabildantes, se convierte en un espacio vívido de irrespeto a la democracia y a los valores de la reconciliación anteriormente promovidos.

Medellín, para el pesar de muchos de los que en algún momento la habitamos, se ha tornado en la irreconocible plaza de los radicales reaccionarios que, amangualados con uno que otro politicastro, poco a poco han construido una distopía absoluta donde es más peligroso un libro académico que un concejal con bate, donde es más peligroso un grafitero que un sicario, donde es más peligrosa la verdad que el relato.

Poco a poco han construido una distopía absoluta donde es más peligroso un libro académico que un concejal con bate, donde es más peligroso un grafitero que un sicario, donde es más peligrosa la verdad que el relato.

Esa hermosa Medellín que me recibió un 15 de mayo del 2022 se ha sumido incluso desde antes de yo coexistir allí en un preocupante escenario propicio para la violencia que durante años se esperó combatir con culturización, educación, deporte y recreación. Es por todo lo anterior que solo hasta que Medellín tenga un Alcalde que se preocupe más por subsanar la pobreza multidimensional, por pluralizar el debate sobre la ciudad que queremos, pero que además se preocupe más por unir los puentes rotos que han dejado los pasados administradores, que por reflejarse en la estatua de Bolívar cabalgando, la ciudad retomará la delantera en progreso y desarrollo.

¿Acaso no sueñan ustedes, queridos conciudadanos de Medellín, con líderes que sueñen con la región? ¿Acaso no sueñan con Alcaldes que trabajen más por la ciudad y no por verse sentados en Palacio de Nariño?

¿Acaso no sueñan ustedes, queridos conciudadanos de Medellín, con líderes que sueñen con la región? ¿Acaso no sueñan con Alcaldes que trabajen más por la ciudad y no por verse sentados en Palacio de Nariño?

Es hora de hacer una reflexión colectiva y profunda. El proyecto de ciudad de Medellín no se puede seguir limitando a ser una capital opositora cuando su juventud muere a manos del microtráfico, la violencia residual y el abandono distrital. Medellín no puede conformarse con sentirse opositora cuando sus ciudadanos piden a gritos modernización en movilidad, salud y educación.

Hasta que Medellín tenga Alcalde, la ciudad seguirá siendo un botín de la guerra discursiva, un epicentro de una polarización bastarda que deja en el agujero negro del olvido los intereses de los ciudadanos que transitan diariamente sus calles, llenas de personas sin hogar, llenas de desempleados a quienes usan de excusa para señalar al gobierno nacional, llenas de enfermos sin medicinas a quienes usan sin misericordia como un símbolo y nada más que ello para llenar de palabrería una contingencia que debió ser resuelta con actos.

Hasta que Medellín tenga Alcalde, la ciudad no será para los propios y afines sino para quienes con variopintos pasaportes promueven la explotación de menores, el uso de estupefacientes y la cultura de la violencia.

Hermanos paisas, la pelea nacional vale físico huevo si como ciudadanos no luchan por el renacer de su ciudad, que solo ocurrirá hasta que Medellín vuelva a tener un Alcalde.

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