En los análisis preelectorales, la matriz de riesgo de la MOE suele leerse como un destino ineludible: a mayor violencia, menor autonomía democrática. Sin embargo, los resultados de la primera vuelta presidencial en Antioquia revelan que clasificar el riesgo de manera lineal (medio, alto, extremo) es insuficiente. La clave no está en la intensidad del conflicto, sino en la identidad y estrategia del actor armado que domina el territorio.
Los datos recientes confirman que el riesgo extremo no produce un electorado homogéneo. En territorios bajo alerta máxima como el Urabá y el Bajo Cauca, la constante fue la concentración del voto hacia Cepeda, quien superó holgadamente el 50% en municipios como Turbo (60%) y Tarazá (55%), alcanzando un aplastante 92% en Murindó.
Por el contrario, en el Norte antioqueño —igualmente categorizado en riesgo extremo por la MOE— el comportamiento fue el inverso. Allí, De la Espriella obtuvo victorias contundentes y confirmadas, como el 70,2% de la votación registrado en Briceño.
¿Por qué territorios bajo niveles similares de amenaza votan de forma diametralmente opuesta? La respuesta politológica radica en la diferencia entre hegemonía y disputa.
En el Urabá y el Bajo Cauca, el Clan del Golfo ejerce un monopolio de la violencia. Al no tener competencia militar interna, este grupo actúa como un regulador del orden social, lo que le permite alinear a las instituciones y liderazgos locales. Ese control hegemónico reduce los costos de la coacción electoral y empuja una votación masiva, garantizando un statu quo predecible.
El Norte antioqueño es el reverso de la moneda. Se trata de un escenario de disputa activa y violenta entre el ELN y las disidencias. Al no existir un actor hegemónico absoluto, la presión sobre los votantes se fractura. En este contexto de fuego cruzado, el voto amplio hacia una opción opositora, (De la Espriella) funciona como un mecanismo de rechazo a la acción armada de los grupos, con la inseguridad y propagación generalizada de la violencia protegido por el secreto de la urna, o como un potencial reflejo de una movilización fragmentada donde las comunidades votan según el bando que bloquee su vereda o sector.
En definitiva, la pertenencia a la matriz MOE no explica por sí sola el comportamiento electoral de 2026. Las urnas no solo registraron preferencias presidenciales, sino que radiografiaron el control territorial: allí donde manda un solo fusil, el voto se concentra; donde los fusiles compiten, el voto se polariza.